lunes, 3 de octubre de 2016

ARRABALERO

No me dio tiempo a anunciarlo, lo siento; pero ahí estuvimos, pasando una tarde majica. Gracias a Carolina, bibliotecaria de la Biblioteca Javier Tomeo, por su invitación.


Repasando poemas para el encuentro recordé que el escenario de uno de los poemas de El mar en el buzón es precisamente el Centro Cívico Tío Jorge. Ahí va:

Las líneas de edificios los números con suerte los cigarros en el suelo rodeando kilómetros; cada aparejo, cada anochecida, cada preparativo.

La media camarera que se apoyó en la puerta. Un animal sin miedo que se desplaza en paz, que parece tan frágil como el nuevo local. Que escucha martes y jueves por horas; hoy el poeta en casa. Vivir lo que gritamos o al menos intentarlo, te ayudo a recoger sin me das de cenar. El mundo está tomado por los espantapájaros, te tengo que enseñar a distinguirlos.

Callada seria dulce, como si ya supiera lo que saben los viejos, que no hubo nunca nada que perder. Que no tuvimos nada de lo que presumir. Que hay que comer igual que hay que vivir, igual que hay que soñar. Será boxeadora o peluquera. Es una maldición la poesía, tiene piel de teléfono, no convierte a mujeres de verdad. Pero yo no era así hace dos horas.

No parece importarle a la ciudad. La imagina desnuda de regreso. 


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